La búsqueda sin exigencia

Hace exactamente diez años estaba teniendo una conversación muy parecida con mis padres. La misma cocina, distintas cortinas —ahora más modernas—

Como dice Edu Mangiarotti:  “Madurar no es ser autónomo, es dejarse ayudar cada vez más. Dar espacio al otro, corrernos de esa pretendida omnipotencia para ponernos en el lugar de quien se deja ayudar. Es un modo de darle al otro espacio para amar. Podemos aprender a dejarnos cuidar, a dar espacio para las experiencias que nos recuerdan que no venimos ni somos de nosotros mismos, sino del encuentro con el otro.”

Tal vez, en mi propia omnipotencia, no supe transmitirles a las personas que quiero la manera en que necesitaba que me acompañaran —y realmente lo siento—. Me hubiera gustado decirlo de una forma más amable, más clara. Pero quizás no quería poner en duda la decisión que había tomado, y por eso tampoco dejé espacio para conversar. A veces soy muy buena con las palabras, y otras veces se me escurren y no las encuentro. Solo las siento, muy adentro. Después de todo, nunca sabemos del todo qué lloramos cuando lloramos, cuál de todas esas cosas que llevamos dentro es la que finalmente sale.

El otro día me crucé con un concepto que me gustaría compartir: la búsqueda sin exigencia. Es esa búsqueda en la que no intentamos controlarlo todo. Más bien, sostenemos una idea general y nos permitimos ser flexibles, dejando que la vida nos muestre algo parecido a lo que buscamos. Probablemente nunca sea igual a nuestra idea preconcebida, pero aun así podemos elegir aceptarlo. De lo contrario, corremos el riesgo de rechazar todo lo que la vida tiene para ofrecernos. Y esto aplica a cualquier ámbito en el que sintamos que estamos buscando algo.

Uno de los desafíos que nos propone la vida es relajarnos y convertirnos en testigos —observadores— de lo que está ocurriendo. Todo se despliega como tiene que desplegarse. En última instancia, no hay nada que podamos hacer para que sea diferente de lo que es. Comprender esto también es abrazar la idea de que lo que sucede es perfecto tal como es, que no podría haber sido de otra manera.

¿Y si tenían que pasar diez años para volver a empezar? ¿Qué hay en el viejo continente para mí, que esta posibilidad vuelve a aparecer una década después? Esta vez me encuentro más receptiva, más relajada frente a lo que la vida tenga para ofrecerme. Más consciente. Y, sobre todo, permitiéndome ser sostenida por otro. Esta vez no depende todo de mí. Esta vez hay alguien esperándome. No tengo respuestas. No tengo un plan, ni expectativas claras. Solo sé que es lo que esta disponible en este momento para mi.

Y no puedo dejar de pensar en Segismundo, ese personaje de Pedro Calderón de la Barca, encerrado en su torre, dudando entre sueño y realidad, y aun así atreviéndose a vivir:

“¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción…”

Quizás, como él, también vamos despertando de a poco. Saliendo de nuestras propias torres —hechas de historias, miedos y creencias— para descubrir que hay algo más allá.

Por último, una mención especial a mi mamá. Ella dice que soy la Segismundo de su vida, que llegué para mostrarle que los sueños se cumplen.

Hasta el próximo post, queridos lectores.  Sean como Segismundo, y vayan tras sus sueños. ♡

Deja un comentario