El mismo amor, la misma lluvia

Este año estoy haciendo el ejercicio de releer mi diario del año anterior. Tal vez con la esperanza de descubrir pistas o respuestas de esa otra versión cuántica de mi ser.

Increíblemente, estoy asombrada de mi capacidad de vaticinar hechos, o no sé si simplemente tengo ese talento de leer el contexto y/o entenderlo rapidamente.

Otra de mis sorpresas es que la vida no deja de invitarme a la espera. Una y otra vez me pone en situaciones donde tengo que esperar. A veces siento que estoy en un aeropuerto, esperando que anuncien mi gate, en esas infinitas posibilidades… ¿Cuál será mi destino?

Si algo hice en estas semanas fue esperar: esperar a que volviera la psicóloga de vacaciones; esperar en los procesos laborales; esperar mi última nota de la maestría. Esperar, esperar, esperar.

Curiosamente, «esperar» significa tener «esperanza», y sus sinónimos son «confiar» y «creer». Entonces, básicamente, todo me está diciendo que me rinda, que a veces no tiene que depender todo de mí. No hay fracaso en rendirse. Sí, fracasé, porque mis expectativas no se cumplieron. ¿Cómo esperaban que no fracasara? No ser esa súper mujer alfa, y necesitar un abrazo, caer en la cuenta de que no soy una isla y que inevitablemente no puedo sola. Y la frustración de darme cuenta de que no puedo lograrlo, pero que tampoco depende de mí.

Edu Magia dice: «aprender paciencia… las cosas llevan su tiempo, no significa que estés haciendo algo mal, sino que hay algo divino en los procesos que debemos aprender a vivir con tranquilidad. La paciencia va de la mano de la esperanza; la paciencia significa renunciar al control. Lo difícil de bancarse los tiempos largos de la paciencia es que las cosas se van dando aunque no sucedan de la forma que esperamos, y que la paciencia no es inactividad o pasividad. Todo lo contrario: la paciencia nos enseña la dulzura de los tiempos, pero sobre todo a confiar en el lento proceso de Dios, del universo, y aceptar la ansiedad de sentirse incompleto/a, en suspenso, y sostenerse en una paciencia tierna y compasiva.»

Hablando de esperar, les traigo a colación la peli del mismo nombre de este artículo: El mismo amor, la misma lluvia. Es una película argentina dirigida por Juan José Campanella y protagonizada por Ricardo Darín y Soledad Villamil,  una dupla que años después volvería a brillar juntos en El secreto de sus ojos. La historia arranca en 1980, cuando Jorge, un escritor serio y talentoso, conoce a Laura, una joven actriz aspirante. Los dos se enamoran, aunque su romance tiene más dificultades para sobrevivir el miedo al compromiso de Jorge. 

Es uno de mis directores argentinos favoritos, y en cada detalle se puede ver su amor por Buenos Aires. Campanella la concebía como la primera parte de una especie de trilogía junto a El hijo de la novia y Luna de Avellaneda: la primera sobre la pareja, la segunda sobre la familia y la última sobre la comunidad.

Lo lindo de la película es que nos deja entrever los tiempos de la espera. Porque Jorge y Laura se encuentran, se separan, se reencuentran, y todo sucede bajo esa misma lluvia que los unió la primera vez.

Hoy dejo que la vida me viva. Cierro un ciclo de 5 años. Hoy tengo ilusión por el porvenir, confiando, creyendo, esperando que sea el mejor futuro posible, siempre.

Podemos esperar muchas cosas, pero como dijo Ramana Maharshi: «Lo que no está destinado a suceder no sucederá por más que lo intentes. Lo que está destinado a suceder, sucederá por más que trates de evitarlo.»

Les dejo el link de la peli por si quieren verla:

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