Este año crucé un continente y dije adiós demasiadas veces. Hice amigos nuevos a quienes aún anhelo volver a ver; descubrí ciudades, hablé mucho inglés, regalé abrazos cálidos, aunque pocos besos, y practiqué la escucha activa, para quienes lo necesitaron en ese momento. No me privé de nada: comí Vegemite, vi kanguros y abrace a un koala.Entrené intensamente, cocine, y extraño los ñoquis del Cuque. Hice surf por primera vez y me quemé del Sol, tanto que dejo marca (foto más abajo, como evidencia). Perdí un vuelo y lloré en un aeropuerto por sentirme lejos de casa.Hice un viaje increible con amigas y se me desbloqueo una nueva necesidad de viajar con ellas, una vez al año. Hice yoga, medité, me inscribí en un taller de poesía y escribi, y escribi… mucho. Poemas de amor y otros oscuros, porque, curiosamente, la oscuridad siempre parece fascinar a la gente.
Enfrenté mis sombras, que llegaron a mi puerta en pleno invierno y, aunque es verano, de vez en cuando regresan.
Volví a estudiar y conecté con mentes brillantes, personas curiosas que, además, se convirtieron en mis amigos/as (aunque tal vez aún no lo sepan, pero si son).
En varias ocasiones me preguntaron este año: ¿Por qué queres ser madre? La respuesta freudiana sería: para llenar un vacío, para compensar «una falta en mi yo». Tal vez sea un deseo egoísta, porque ningún hijo/a pide nacer. Pero mi respuesta romántica es esta: quiero ser madre para enseñarles a esas pequeñas personitas que el mundo no es lo que dicta un sistema o una sociedad domesticada. El mundo es como lo vivas y lo experimentes. El mundo eres tú. Y porque, aunque el mundo intentará romperte, pequeña personita, no dejes que lo haga.
Este año me cuestioné si alguna vez dejaré de preguntarme cosas. Fui fiel a mis palabras y mi vulnerabilidad. Dije lo que sentía -y siento- o al menos lo que se puede explicar con palabras… aunque mi racionalidad ganó unas cuantas batallas.
Siento que viví un año que abarcó muchos años en uno solo. Todavía, pareciera que sigo en el mismo lugar, pero el tiempo no es lineal. O tal vez, no estuve lo suficientemente quieta. Una vez me dijeron: “Cuando no sepas a dónde ir, solo quédate quieta”. Pero prometo, –me prometo- que en 2025 aprenderé a estar quieta… en la orilla, observando el mar. Es como cuando surfeas: no todas las olas son para subirse.
Este año ha sido una lección constante sobre la paciencia. Me llama la atención que la palabra «paciencia» venga de «paz» y «ciencia», porque en el fondo significa eso: la ciencia de la paz. Ser paciente no es solo esperar sin más, es hacerlo sin alterarse, sabiendo enfrentar lo que llega, aunque no sea lo que esperábamos.También es tener esa habilidad de enfocarnos en lo minucioso o lo tedioso, en esas cosas que parecen pequeñas, pero que al final importan. Y, sobre todo, es aprender a esperar por lo que deseamos profundamente, aun cuando no sabemos cuánto tiempo tomará.
Porque a veces, simplemente, toca aceptar que las cosas no siempre son como imaginamos. ¿Cuánto tiempo es mucho tiempo? No lo sé. Quizás no se trate de medirlo, sino de aprender a en el proceso.
No sé a qué ola me subiré en 2025, pero me reconforta saber que hay infinitas olas esperándome para ser atrapadas. (:
Este es mi último post del año, queridos lectores. ¡Gracias a quienes me leyeron, y también a quienes no! Les deseo todo el amor que sus corazones puedan contener ¡Hasta la próxima! 🙂
Sun in the sky, you know how I feel
XOXO,
CHISPITA